sábado, 1 de agosto de 2009

Leonard Cohen en España







Apunto de celebrar los setenta y cinco años de vida, con quince discos impecables acurrucados en sus alforjas, una gira anual apabullante por medio orbe (desde Kansas a Estambul con escala en Palma o Bratislava) y nueve excecpionales y únicas citas en España que los aficionados anticipan con clarividencia como las últimas de su extensa y provechosa vida. Así se presenta hoy el canadiense judío más famoso del mundo en la ciudad de León, a las diez de la noche y en la plaza de toros, el hombre puntual y antaño del exceso, el mismo que le canta en muchas al sexo y a la religión con extraña cercanía y que en 1996 fue ordenado monje tras retirarse a un monasterio budista.
Y es que tras varias décadas de imparable carrera y con más éxitos que fracasos, que también los tuvo, el Leonard Cohen que esta noche inicia su gira española en León se parece bastante poco al que un día se bajó del tren para retirarse a meditar sobre su espíritu. No aguantó mucho tiempo sin ponerse de nuevo el sombrero y enfundarse la chaqueta cruzada, y cuando lo hizo, otra vez, no había perdido ni un ápice de su característico humor negro de ‘gentleman’ semi-norteamericano. Volvía, y lo hacía para quedarse.
Pero los tiempos cambian y las paradas musicales del poeta, que antes crecían como setas, comienzan poco a poco a ser desmanteladas. El judío de ‘First we take Manhattan’ o la versionada ‘Hallelujah’, cuya generalización apresurada en programas y series de televisión le molesta por su improvisada trivialidad, tiene una última cita con su doctor en forma de público entregado a través de una gira gigantesca que ya ha cumplido un año de duración. Un artista especial que requiere de momentos especiales. Conciertos donde nadie se levanta del asiento, espectáculos pausados más cercanos a la lectura de poemas que a la música comercial y cuyo precio de las entradas exige algo más que un apretón de hebilla. Sus cuatro últimos discos otorgan preponderancia al sintetizador y las notas de pentagrama generadas por ordenador, pero Leonard Cohen sin guitarra y con música estridente es como Bob Dylan con el pelo liso y bailando al son del techno veraniego.
Última ocasión
Las oportunidades son escasas, pero esta noche llega a León una de las históricas para visitar la obra del cantautor. Más tarde, hasta septiembre, los tres tráilers y el camión que transportan los instrumentos y las dos pantallas gigantes recalarán en ocho ciudades españolas, algunas como Vigo o Girona con el cartel de ‘lleno’ asegurado. El Leonard Cohen de siempre, como nunca, por tiempo definido y sin prorrogas que valgan. Un artista que se vende caro a conciencia, más o menos igual que la última botella de la mejor reserva, pero con la voz desgastada y cansada desde su inesperada bancarrota hace relativamente poco tiempo.
Porque el timbre que factura es bajo, profundamente melancólico, y el sonido que sale de su boca tras acariciar las cuerdas vocales se confunde con el de un pallador latinoamericano contando una historia terrorífica. En realidad, la letra de algunas de sus composiciones, muchas de ellas inentendibles para el inexperto en lengua inglesa, se asemejan al cuento de miedo definitivo, con referencias a historias de amor truncadas, la infidelidad de su mujer, el SIDA o los atentados del 11 de septiembre. Una obra completa de discos, once libros de poesía y dos novelas presididas por el pesimismo en las que siempre hay espacio para los coros femeninos y un resquicio de esperanza contenida: “Todos los puentes que pudimos cruzar ahora están ardiendo, pero me siento tan cerca de todo lo que perdimos... No tendremos que volver a perderlo”.
Ningún detalle de su inesperada catástrofe económica, por tardía, influyó en su obra. En cambio, alguna relación debe existir entre la extraña pesadez de su voz actual y la huída para no volver de su antigua representante, Kelley Lynch, a la fuga con cinco millones de dólares y, a la postre, principal causante de su vuelta a los escenarios. Unas motivaciones económicas de una gira exagerada que acreditan la temporalidad de su directo en una circunstancia mágica que, a su vez, anticipa la masiva venta de entradas.
Es lo previsto: cuando Leonard Cohen baje la persiana en noviembre y despida en California a sus ‘dear friends’, es posible que se quite el sombrero ante el auditorio por última vez en su vida. Y esta noche, muy posiblemente de madrugada, Cohen lo exhibirá por primera y última vez en un auditorio de León.
Setenta y cinco primaveras de canto bronco y poema musicado que dan para mucho y más, pero el concierto milimetrado de sus escalas, compuesto de una veintena de temas y tres ‘bises’ finales con un breve descanso, repasa solamente las canciones favoritas. En cualquier caso, tres horas y veinte minutos sin adjetivos ni improvisaciones que asustarían a cualquier desconocido en el arte puro coheniano, a todos menos a él, el poeta judío de traje de rayas que agarra el micro y encorva su cuerpo como cualquier mortal estampa su firma con un bolígrafo.
El momento en España ha llegado y no tiene visos de repetirse. Hoy, a partir de las 22:00 h, la arena de la plaza de toros de León hace historia con el cantautor enamorado del vals vienés lorquiano cuyos vasos de sed, además de agua, sólo llevan a estas alturas sus versos y estrofas.

Salud, maestro.